Organdí

Agustina Crespo

Sebastián Pozzi-Azzaro

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“Estoy sentada en el lugar de siempre, en el mismo sitio. Esperando vengas”. El verso de Marosa di Giorgio resume la situación estacionaria de las cuatro mujeres que llevan adelante la escena de Organdí, una obra que pone a la música en diálogo con otras artes, siguiendo la premisa que hilvana el ciclo anual de encargos del Espacio de Arte de la Fundación Osde.

En este caso, la poesía de la uruguaya se articula con la música de Agustina Crespo y la puesta en escena de Azucena Lavín, y ambas participan como intérpretes junto con la cantante Johanna Pizani y la violonchelista Anahí Parrilla Belfer. El cuadro se completa con la proyección del video de Daniela Grandinetti, actuado por Moyra Agrelo.

Sobre una puesta mínima (una mesa cubierta y rodeada de naranjas), las voces y los cuerpos son los encargados de llevar adelante la obra, menos una narración que una zona de recuerdos cifrados. “Fuimos a vivir al agua, llevamos cajas, tazas, roperos, tabiques, cocinamos, hicimos cosas eróticas”. La infancia y los repertorios perdidos se funden con la memoria o la fantasía sexual, “las mujeres tan blancas flotábamos con la rosa en el aire y los hombres al desnudarse semejaban dioses. Hicimos muchas cosas y parecía que no terminaba más el día”. A esos tiempos rememorados se opone un presente quieto. Los tenues desplazamientos de las intérpretes parecen ensayar variaciones de una espera fútil y los textos logran sonar con el tono de una derrotada intimidad.

Pero son las notas lánguidas del violonchelo y los segmentos cantados los que terminan de moldear el clima de la obra, desde una baguala intimista hasta el único dúo enérgico, mezcla de canto y grito (“Que me den la rosa, el clavel, la gardenia húmeda”) sin perder el tono de un soliloquio desesperado. El video cierra la obra presentando una virgen embarazada, como una imagen religiosa en medio de un bosque, que luego se muda al interior de una casa, espacio íntimo subrayado por el efecto de contraluz.

Agustina Crespo pertenece a una nueva generación de compositores de “música escrita” cuya búsqueda, ajena a manifiestos o premisas comunes, converge en algunos puntos. Además de seguir el camino iniciado al final del siglo XX, relajando las prohibiciones estrictas que la modernidad impuso al ritmo métrico y a la consonancia, aparece un profundo interés por lo interdisciplinario. Cruces, puntos de convergencia para artistas de diferentes ámbitos, como Inverosímil, de Patricia Martínez (que combina música, títeres y video), o Corrección, de Valentín Pelisch (que suma la literatura hablada y proyectada en escena como texto). Y dentro de la práctica musical misma, ciertos horizontes se amplían al admitir el uso de materiales que puedan connotar referencias a cualquier momento de la historia de la música, no necesariamente con la mirada posmoderna de la cita, sino más bien para dinamizar el discurso a partir del contraste, admitiendo un montaje que para los cánones modernos hubiera estado vedado. Según el compositor Diego Taranto, cuyas obras toman signos de procedencias diversas, estamos en una época “inclusiva” de la composición.

Parte de este territorio, Organdí está entre las obras que renuevan el modo de hacer música en escena, integrando la textualidad, la corporalidad y la vocalidad de un modo orgánico.

Organdí, de Agustina Crespo sobre textos de Marosa di Giorgio, dirección de Azucena LavinLa música en diálogo con otras artes. Tercer ciclo de música contemporánea, Espacio de Arte Fundación Osde, Buenos Aires, 25 y 26 de abril de 2014.

Ir del mapa al microscopio

En este notable álbum, las flautistas argentinas Patricia García y Juliana Moreno muestran que hasta en un universo tan aparentemente cerrado como el de la llamada música contemporánea reina la más febril de las diversidades.

Por Diego Fischerman

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Una posibilidad es el mapa. Una generalización. El borramiento de lo pequeño para permitir una buena comprensión del conjunto. La otra es el microscopio. Allí, al contrario, todo aquello que parecía homogéneo se vuelve infinitamente rico y variado. El notable disco del dúo MEI, conformado por las flautistas Patricia García y Juliana Moreno, es ambas cosas a la vez. Por un lado, delimita un campo. Por otro, lo dinamita. O, por lo menos, muestra, agradeciblemente, que hasta en un universo tan aparentemente cerrado como el de la llamada música contemporánea –y es más, la argentina y sudamericana, y de cámara y escrita para dos flautas– reina la más febril de las diversidades.

El nombre del disco, Territorio, algo dice al respecto. Aunque quizá sean aún más significativas las palabras que, difuminadas, se alcanzan a leer en la portada y que posiblemente completen su sentido: “el espacio invisible del aire”. Publicado de manera independiente, este disco es una de las ediciones más importantes entre las realizadas últimamente en la Argentina. Al igual que en el caso del grupo vocal Nonsense, un proyecto independiente, guiado más por el amor y por las infinitas ganas que por cualquier probable cálculo, logra un nivel altamente inusual para el medio local. Y donde al interés propio del material –un interés, si se quiere, más teórico– se une la calidad y musicalidad de las interpretaciones, además del primoroso cuidado en la edición.

Mapa y microscopio, están aquí los rasgos comunes –una preocupación por la tímbrica, por la materialidad del sonido y, eventualmente, la presencia de las prácticas extendidas (es decir las maneras de lograr, en este caso, que una flauta no suene como una flauta)– y, también, las maravillosas diferencias. No todos se preguntan lo mismo, con respecto al sonido y a lo que es –o puede ser– el hecho musical. Y, desde ya, nadie responde –o lo intenta– de la misma manera que otro.

El territorio, en este caso, cubre compositores de distintas generaciones: Gerardo Gandini, Eduardo Bértola y el ecuatoriano Diego Luzuriaga, entre aquellos que en los ’70 ya tenían una obra considerable detrás; Juan Carlos Tolosa, Marcos Franciosi, Agustina Crespo y Valentín Pelisch, entre quienes en ese momento eran apenas niños o ni siquiera habían nacido. Bértola y lo tenue, en “Anjos Xipófagos” y Gandini y la posibilidad de una poesía que anide en los intersticios, en “A Cow in a Mondrian Painting”, definen, en los ’60 y ’70, un territorio que, cuatro décadas después, prolifera y se ramifica en múltiples direcciones. Y encuentra puntos altísimos en la bella “Entrópica”, de Franciosi, que va de la opresión a un lirismo tan intenso como enrarecido, el teatro devenido sonido, o lo contrario, en “Telegramas”, de Agustina Crespo y la ebullición casi nerudiana de la extraordinaria “Tierra… Tierra”, de Luzuriaga.

“Pensar en un territorio es pensar en modos de apropiación, en posesión literal o imaginaria, en cartografías personales o colectivas”, escribe Franciosi en las notas del disco. Pregunta acerca de cuál es la clase de apropiación realizada por MEI. Y concluye, certero, que se trata “de una apropiación acústica-espacial y de un agenciamiento del sonido encarnado en el físico, en el músculo como fuerza axiomática. Es, por lo tanto, ese ‘cuerpo eléctrico’ el que caracteriza sus interpretaciones, el que reconfigura el tiempo físico en experiencia vivencial”.

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MEI

Territorio: Obras de Franciosi, Bertola, Tolosa, Gandini, Crespo, Pelisch y Luzuriaga. (Edición independiente).
Poéticas actuales. Territorio, el disco del dúo que las flautistas Juliana Moreno y Patricia García integran con el nombre de MEI, es un ejemplo del modo en que una formación alienta la expansión del repertorio. Muy diferentes entre sí, “A Cow in a Mondrian Painting” (1966) de Gerardo Gandini y “Anjos Xifópagos” (1976) de Eduardo Bértola se escuchan como fundacionales.

A partir de ahí, todo es novísimo. “Entrópica”, la hermosa pieza de Marcos Franciosi que abre el CD, progresa de la materialidad de sonido a un gesto más lírico. Entre la delicada “Pentimento”, de Juan Carlos Tolosa; “Telegramas”, de Agustina Crespo, y “Esa Lare”, de Valentín Pelisch -escritas para MEI-, algo de esa alternancia se proyecta sobre todo este registro pleno de umbrales, lisuras y asperezas.

Las admirables ejecuciones de Moreno y García despliegan las posibilidades de sus instrumentos y, con ellas, parte del mapa de las poéticas actuales.

Por Pablo Gianera

Nonsense Ensamble en Besares Club de Cultura

Sebastián Pozzi-Azzaro

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Formado en 2009 y con un disco de estudio en su haber, el octeto vocal argentino Nonsense Ensamble Vocal de Solistas, que dirige Valeria Martinelli, ha abordado tanto obras capitales del repertorio del siglo XX para ese formato como encargos originales. Lo que hay para decir sobre el trabajo del grupo puede ser breve y contundente: perfecta interpretación, precisión técnica, gran capacidad adaptativa para cada obra. Un tema aparte (o central) sería reflexionar si el ámbito musical local está dándoles la importancia que merecen.

Una de sus últimas presentaciones tuvo lugar en Besares Club de Cultura, una casa convertida en un pequeño centro de irradiación en el barrio de Núñez. En la primera parte interpretaron “Vocerío”, de Agustina Crespo, “Sola y su alma”, de Guido Rivera, “La santissima onda”, de Santiago Oga, y “Spotlights on the Tempest”, de Luca Belcastro. Rivera y Oga son jóvenes compositores de Córdoba, Crespo reside en la ciudad de Buenos Aires y Belcastro es un italiano que ha dictado varios cursos en Argentina. Los Nonsense Madrigals de György Ligeti, que inspiraron el nombre del grupo, y “A-Ronne”, de Luciano Berio, conformaron la segunda parte. La primera de estas obras tiene sólo dos registros discográficos en el mundo, y uno de ellos pertenece al Nonsense Ensamble.

El concierto, sin embargo, no es igual a la suma de las partes. Algunas obras son muy diferentes, pero los Nonsense logran sumergir al público en una única experiencia. Escuchándolos, puede sospecharse que optaron por un repertorio que sacara a relucir las posibilidades del grupo, cuando es más probable lo contrario, y que el logro sea haber yuxtapuesto obras que fueron la excusa para colmar el territorio de acción de un grupo vocal como instrumento.

En “Vocerío” logran un magma de tensión tímbrica; “La santissima onda” trabaja con distorsiones de textos. Ligeti, por su parte, remite a un mundo más apegado al género al que alude. “A-Ronne” es una obra polimorfa descripta como “documental sobre un poema”, en la que Berio procesa las lenguas, el peso sagrado de ciertos textos, el absurdo, y donde el timbre ridículo aparece como un hecho vivo ante el espectador. Con Berio rebalsa la energía vital del grupo como persona(je)s en escena.

Un concierto, entonces, encarado de principio a fin con la misma seriedad, y esto es lo más valioso del trabajo del octeto: los compositores argentinos jóvenes son tratados del mismo modo que Ligeti y Berio. El ensamble no está sólo al servicio de las obras consagradas: es también territorio disponible para la exploración, el aprendizaje y la posibilidad de nuevas voces. Es esperable que entre el público surjan nuevos interesados en la música de compositores que antes no conocían.

La voz humana no deja de ser un terreno inquietante para la música, por ser portadora de identidad, por su riqueza tímbrica, por el inasible vínculo entre música y lenguaje, por ser el vehículo primero para exteriorizar nuestra imaginación auditiva. Los Nonsense en vivo dan la impresión de exponernos a la presencia honda y brillante de la voz en su plenitud.

Nonsense Ensamble, Besares Club de Cultura, Buenos Aires, 14 de septiembre de 2013.